La calidad de un vino y sus características son deudoras de la tierra en la que crecen la viña y la uva. Y son deudoras también de todas y cada una de las decisiones que acompañan la transformación de esta materia prima en un producto diferenciado que nos acompaña en la mesa.

En la zona incluida bajo la denominación Montsant, las tierras en las que crece la viña son, básicamente, tierras calizas, aunque también se encuentran tierras marrones meridionales sobre pizarra. En ambos casos, el elevado nivel de caliza y la escasa fertilidad son características de estas tierras del interior, montañosas, en las que el clima mediterráneo adquiere rasgos de continentalidad, donde el verano y el invierno son extremadamente secos y la primavera y el otoño relativamente húmedos.

Es también esta tierra de viñas viejas, de garnacha del país y de cariñena plantadas justo después de la filoxera. Viñas de baja producción, en las que las cepas maduran sin atiborrar a las frutas y en las que la uva alcanza una concentración que llega a su punto máximo en el momento de la vendimia: justo cuando el grano está en su punto.